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Historia del Real Felipe

Los orígenes del Real Felipe se remontan al siglo XVIII, cuando El Callao era el puerto más importante del Virreynato del Perú y España embarcaba a través de él todas las riquezas con rumbo al antiguo continente. Por este motivo los piratas y corsarios siempre merodeaban estos mares y de cuando en cuando atacaban el puerto, como las incursiones efectuadas en 1579 por Francis Drake, Tomas Cavendish en 1587, Hawkins en 1594, el holandés Spitzberg en 1615, Jacobo Clerk, más conocido por "L'Hermite", en 1624, Edward Davis en 1684 y 1686, Roggier Wodes en 1707 y el corsario francés Anson en 1742; es por esto que El Callao siempre estuvo fortificado con murallas que rodeaban la ciudad.

Pero el 28 de octubre de 1746, a las 10 y 30 PM, comenzó uno de los terremotos más fuertes que se tenga historia; la tierra tembló durante cuatro minutos, destruyendo prácticamente toda el puerto y también la ciudad de Lima. A los pocos minutos del sismo se produjo un maremoto o Tsunami, terminando de destruir lo poco que se había salvado; los muertos pasaron de 6,000 y el agua llegó hasta una legua (medida equivalente a 6 Km.) tierra adentro.

El Virrey José Antonio Manso de Velasco decide que debe construirse una nueva ciudad mejor protegida que la anterior y elige los planos de una fortaleza diseñada por el matemático y arquitecto francés Luis Godín. Los trabajos se inician en 1747 y se le bautiza Real Felipe en honor del rey de España Felipe V. La construcción duró 27 años y tuvo un costo de tres millones de pesos, siendo culminada por el virrey Manuel Amat y Juniet. La fortaleza tiene una forma pentagonal abaluartada, con muros a prueba de bombas de 4 metros de altura con un perímetro externo de 1,580 metros, rodeados por un foso de agua de 16 metros de ancho por 2 y medio de profundidad; adicionalmente tenía un sistema de terraplenes que conseguían ocultar la fortaleza de las observaciones desde alta mar y evitaba que los atacantes tuvieran alguna protección durante la última parte del ataque.

El sistema defensivo estaba complementado por dos pequeños castillos adicionales, llamados San Miguel y San Rafael, que se encontraban a corta distancia a ambos lados de la foratleza y protegían los flancos de la mísma.

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